


JAIRO ALBERTO FUENTES
Cuando supe que no podría viajar directamente a Florencia, decidí irme unos días para Cali, donde mis hermanas. Estaba pendiente de cualquier información sobre el hundimiento de la banca en Rosas, Cauca. La pasé bien, aunque no dejaba de extrañar a mi familia y a mi novia, y la tranquila y húmeda atmósfera de Florencia en esta época.
Cuando ya habían pasado cuatro días y las cosas en lugar de mejorar empeoraban, decidí aventurarme en un viaje temerario hacia mi pueblo natal. Acordé con mi amiga Carmenza Bolaños encontrarnos en el terminal de Popayán para emprender el viaje.
Luego de llegar de Cali, fui al lugar donde me hospedo a recoger alguna ropa, almorcé en el terminal y me senté a esperar a Carmenza. Mientras tanto, empecé a escrutar con la mirada si en la montonera de personas encontraba a alguien conocido que quisiera aventurarse con nosotros. La única persona que miré fue a Leidy Solarte, quien estaba con su sobrino con un montón de maletas, pero al conversar con ella me dijo que viajaría al día siguiente.
Después del desespero de la espera, llegó Carmenza y luego de hacer unas cuantas diligencias previas empezamos el viaje en un pequeño campero que nos llevaba por $8.000 hasta el lugar donde se encontraba el ‘trancón’. Salimos de Popayán, más o menos, a las 12:00 m. Llegamos en aproximadamente 40 minutos. En cuanto nos bajamos del campero, un montón de ‘mototaxistas’ en plena navidad nos ofrecieron sus servicios a un costo de $5.000. Nos llevaban hasta el lugar donde estaba el hundimiento de la banca. Había una casi interminable fila de vehículos varados en un trancón en el carril derecho. Las motos casi se chocaban en el intento de evadirse entre sí para llevar al pasajero lo más rápido posible.
El viajecito fue incómodo y aburridor. La espalda me mataba por el peso del maletín que llevaba. Al llegar al punto de la ‘falla vial’, debimos caminar un poco más. Había mucha gente intentando pasar con sus maletas y los alquiladores de botas pantaneras estaban haciendo sus domingos. El alquiler de un par de botas costaba $2.000. Me puse un par y Carmenza hizo lo mismo. Me quedaban grandes, pero el arrendatario no estaba como para exigencias, ni yo. Subimos por un potrero ‘aguado’ que quedaba arriba de la carretera hundida, por la cual no se podía pasar, pues estaban intentando repararla para dar vía a la infinidad de vehículos que esperaban poder pasar. Los dueños de las botas que llevábamos puestas nos guiaron por el lodazal que parecía interminable. Un par de niños ayudaron a Carmenza a cargar una bolsa plástica y una caja con trastes por $2.000 cada uno.
Al llegar al otro lado, nos quitamos las botas y debimos caminar otro tramo para llegar hasta donde estaban las demás personas esperando para llegar al Bordo. No aguantamos tanta caminata, así que debimos pagar otro ‘motorratón’ para que nos llevara a la otra orilla, pues estaba lloviendo. Esta vez, la carrera costó $4.000. En el trayecto percibimos un olor putrefacto, y de inmediato constatamos que era el olor de las cargas de papas en estado de descomposición.
En el otro lado encontramos más florencianos en la misma proeza. Nos reunimos con Jair Morales, Pablo Emilio Luna y Mauricio Ruiz. Al menos ya éramos cinco. La consecución de un carro que nos llevara hasta el Bordo parecía imposible, pues los únicos taxis que llegaban al lugar se copaban en un santiamén. Había un montón de gente intentando obtener un cupo en los vehículos. La lucha era desesperante. Como no pudimos conseguir puesto en ningún carro. Decidimos todos empezar a caminar hacia el Bordo para encontrar algún carro que subiera y obtener nuestros cupos de primeros. Afortunadamente, cuando bajábamos, ya muy abajo, encontramos una buseta que nos ofreció cupos hasta el Bordo con la condición de no rebajar de $10.000 cada uno. Ni siquiera lo pensamos, pues en la parte de arriba un pasaje hasta allá no bajaba de $15.000 y $20.000. Recogimos al resto de gente que faltaba para completar el cupo y sobrepasarlo y emprendimos hasta el Bordo, con frío y hambre, pero con ganas inmensas de llegar a Florencia.
Casi un kilómetro antes de llegar al Bordo nos encontramos con un largo trancón. El conductor nos bajó de la buseta sin oportunidad de reintegrarnos algo del pasaje y comenzamos a caminar para llegar al Bordo. Esta vez las maletas pesaban más que antes. La energía se iba agotando poco a poco.
Después de sudar a chorros en la larga caminata llegamos al Bordo. Yo me devoré un ‘cholado’ de mil y Jair Morales, nuestro vocero mayor, consiguió un taxi que nos llevaba a los cinco por $10.000 cada uno hasta Mojarras, donde se divide la carretera en dos: una que va para Mercaderes y otra que va para Pasto.
Cuando salíamos del Bordo hacia Mojarras, tuvimos que esperar cerca de media hora en otro trancón que se originó por la visita del gobernador del departamento de Nariño, Navarro Wuolf, al lugar de la ‘tragedia’ (siendo un poco fatalista). ‘Madriábamos’ y renegábamos sin cesar, pero tocaba esperar con paciencia si queríamos contemplar, siquiera, la posibilidad de llegar la misma noche a Florencia. Después de una espera agotadora, logramos pasar. Íbamos aburridos y muertos de risa. Las ocurrencias de Jair Morales nos hacían olvidar por momentos la desagradable situación: con hambre, con frío, casi sin plata, con miedo (¡porque Mojarras es Mojarras!), llenos de barro y con las piernas adoloridas.
Llegamos a Mojarras sin pena ni gloria. Nos bajamos del taxi y pagamos juiciosos. Y cuando el taxi se había desaparecido en la carretera devolviéndose hacia el Bordo a Carmenza se le ocurre preguntar: “¿Y mi otra chuspa?”. ¡Válgame Dios! A Carmenza se le había olvidado bajar del taxi la bolsa donde llevaba toda su ropa nueva que iba a estrenar en diciembre y enero. Nos echó la culpa a todos por no bajar su bolsa, pero le argumentamos que cada quien debió ocuparse de lo suyo. En este punto nuestro grupo se redujo, pues a Pablo Emilio y a Mauricio los esperaban dos motos para llevarlos a Florencia. Los dos partieron felices.
Nos sentamos a lamentarnos en una tienda, pero afortunadamente a la tendera se le ocurrió la magnífica idea de llamar a un amigo suyo que venía del Bordo para que detuviera al taxi que acababa de irse y le reclamara la bolsa con la ropa de Carmenza, quien le manifestó a la tendera que si lograba recuperarla le daría una gran recompensa a ella y a su amigo. No pensábamos que ese milagro sucediera, pero en un momento llegó el señor en su camioneta y le entregó a Carmenza su anhelada bolsa. Carmenza, muy contenta, le dio al señor la suma de $3.000 y a la tendera $2.000. ¡Fue muy generoso de su parte!
El señor de la camioneta, casualmente, iba para Mercaderes, pero más lleno que Japón. Sin embargo, después de una súplica por parte de Jair, accedió acarrearnos hasta Mercaderes. Jair manifestó lo siguiente: -¡Llegar a Mercaderes es como llegar a Florencia. Ahí aunque sea la ambulancia nos puede llevar!-. Tuvimos que colgarnos en la parte de atrás junto con otras tres personas que ya iban ahí. Las manos me dolían y la brisa en la cara me ahogaba. Pero al menos gocé con las historias de Jair, quien nos contaba sus hazañas en Tumaco.
Llegamos a Mercaderes después de un doloroso viaje, pero contentos de que cada vez nos acercábamos más a nuestra amada Florencia. Justo al llegar, encontramos otra camioneta que iba para La Unión, lo cual nos alegró porque nos podía acercar hasta Higuerones. La meta estaba ya casi culminada. Le pagamos al otro señor la suma de $3.000 por persona, lo cual me pareció magnífico, pues no estaba especulando como los otros conductores, y como todos los que vieron en la ‘tragedia’ la oportunidad de lucrarse. Ejemplo: En Rosas, una sopa que costaba $9.000, que Jair se vio obligado a pagar por el hambre que tenía; una bandeja en $14.000, una gaseosa $3.000… etc.
Nos fuimos para Higuerones. Hablamos de nuestras impresiones en este viaje que Jair denominó ‘bonito’ y gratificante y nos alegramos de que al menos los comerciantes de esta zona fueran a tener una feliz navidad por las ganancias de sus exagerados precios. Por ir hablando tan amenamente, el carro nos pasó de Higuerones, lo cual supuso una nueva caminata para devolvernos. El costo del pasaje fue $3.000 por persona.
Higuerones estaba solo y apagado. Unos perros nos ladraban incansablemente. Sentí mucho miedo. Intentamos tocarle al señor Bolívar para que nos hiciera una carrera hasta Florencia, pero nunca respondió. Intentamos llamarlo por celular, pero no había señal. Pensé que deberíamos pasar la noche a la intemperie. Esperamos nuevamente otro rato, pensando que habíamos llegado al límite de nuestra suerte. Cuando milagrosamente, pasó la ambulancia augurada por Jair, que venía desde un lugar que no puedo decir (porque sólo ahora me entero que las ambulancias tienen prohibido recoger gente) e iba hacia donde tampoco puedo decir, y muy amablemente nos llevó hacia Florencia. “Ahí aunque sea la ambulancia nos puede llevar”, no fue en Mercaderes, sino desde Higuerones, pero pasó justo como él lo predijo.
El viaje en ese cajón de las ambulancias fue mortal para mí. Las náuseas eran insoportables. Tuve que abrir la ventana para sentirme vivo. En ese cajón uno no sabe dónde está ni por qué todo se sacude fuertemente. Al abrir la ventana pude saber dónde estaba, y el viento me transportó nuevamente a la vida.
Llegamos a Florencia a las 11:30 p.m. El señor de la ambulancia no nos cobró nada, por lo cual lo bendijimos sin límite. El costo total que debí pagar en pasajes, desde Cali, con almuerzo en Popayán y cholado en El Bordo, fue $70.000. Un aumento (más o menos) del 500% de lo que normalmente cuesta desde Popayán: $14.000, y un 280% de lo que cuesta desde Cali: $25.000.
Nos sentimos felices de haber cumplido la meta que muchos no pudieron cumplir. Estábamos en nuestro pueblo, con nuestras familias. El viaje fue agotador, pero valió la pena, ¡claro que la valió!

