Mientras cruzaba el Parque Caldas para ir a la Esmeralda donde vive un amigo que había quedado de prestarme un dinero, fui testigo de una valiosa lección de dignidad. Dos de los fotógrafos que se ubican en este parque para fotografiar a niños en caballitos de madera estaban teniendo una conversación respecto a la manera de promocionar su negocio:
“Usted no sabe vender”, dijo a regañadientes uno de los fotógrafos a su colega que estaba sentado a su lado en una silla de ruedas. Me llamó la atención la expresión y gire para mirarlos pero sin detenerme. Caminé más lento y puse atención a la conversación. “Usted no tiene por qué pedir que le colaboren, ¿cómo así que colabóreme? Usted no está pidiendo caridad, sino prestando un servicio. ¡Usted no sabe vender!”, continuó diciendo el señor.
De inmediato supuse que el fotógrafo de la silla de ruedas le había dicho a algún potencial cliente que le colaborara comprándole una fotografía, sugiriendo solidaridad dado su estado de invalidez. Más que persuadir para prestar un servicio, lo que el señor estaba haciendo era infundir lástima para que el cliente accediera a adquirir el servicio no por convicción propia, sino por solidaridad con alguien que posee una limitación física.
El fotógrafo de la silla de ruedas escuchaba atento sin mirar a su compañero, sino mirando fijamente hacia el frente, con un gesto de aceptación y de baja moral. “Hay que tener dignidad”, finalizó el otro señor.
No quise escuchar más, pero esas palabras me quedaron sonando. Fue una gran lección de dignidad ver y escuchar a un vendedor ambulante de fotografías, que seguramente no está en buenas condiciones económicas, aconsejar a su compañero respecto a la manera de ofrecer sus servicios, no infundiendo lástima ni compasión utilizando como pretexto una condición de vulnerabilidad, sino utilizando persuasivas técnicas de márquetin verbal (según lo he comprobado).
Esto me enseñó que por muy mal que estén las cosas, la dignidad es un valor que no debe perderse en lo posible, pues nuestra condición de humanidad está sujeta al respeto que tengamos por nosotros mismos.
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